Saturday, September 25, 2010

Prada Combo Shoes / SS 2011





Me encantó la idea de Miuccia para ésta colección, y como ya se vio en Milán hace unos días, para mujer hizo algo parecido.
Amo la idea de mezclar tres suelas distintas; (Vaqueta, Alpargata y Deportiva).
Se han convertido en un objeto de deseo para mí, de preferencia los Oxford negros.


I like Miuccia's idea for this collection, and just like the recently women's catwalk in Milano, she did something alike.
I love the idea of mixing three kinds of soles (wooden sole, Espadrilles and Sporty).
They became in a truly must have... in specific; the black Oxford's. :)


Photos: 1 (The Sartorialist) 2,3,4 (GQ).

Thursday, September 09, 2010

Memorias de Zapatos

Recuerdo perfectamente la sensación de mi primer par de zapatos “choclos” después de varios años de burlas por mis botas ortopédicas en el kínder y un poco en los primeros de la primaria. Creo que fue un lunes por la tarde que mi mamá me llevó con el ortopedista quien nos dijo que mi tratamiento estaba completo. Inmediatamente pregunté si ya podía usar zapatos comunes – choclos -. Él asintió y fui muy feliz. Esa misma tarde fuimos a una zapatería y me compraron mis primeros zapatos “normales”. Eran de suela de goma, marca Elefante. Esos zapatos escolares fueron en ese momento para mí lo mejor del mundo.

Pasaron uno o dos años. Tuve algunos zapatos deportivos: los típicos de colores y de gran suela - o lucecitas en su defecto-, mis primeros converse… Recuerdo mucho que cuando se acercaba mi primera comunión, fuimos a comprar zapatos de “fiesta”. Entonces tenía como ocho o nueve años. Me llevaron a Plaza Patria y, la verdad, desde esa edad ya me gustaba escoger mis cosas y tenía un cierto criterio claro. Encontramos los elegidos en “Fábricas de Francia”. Eran lo máximo para mí: cual Ferragamos para un banquero. Eran de cuero, no brillaban, suela de baqueta, punta redonda y de agujetas. Después de algunas fiestas se convirtieron en mis zapatos del diario, llegando al grado de combinarlos con shorts o pants. Lo bueno de ser niño es que te importa un comino cómo te ves y te sientes tan cómodo.

En mi siguiente recuerdo creo que acababa de cumplir diez años. Estábamos por mudarnos a Puerto Vallarta, ciudad en la que viví ocho años más. La mudanza estaba casi terminada. Mi papá tenía una cara de felicidad inmensa por su nuevo puesto en la costa y me dijo que necesitaría un par de zapatos para ir a la selva con él y mi mamá. Nos gustaba el lodo y la aventura. Hay una avenida cerca de mi casa que se había convertido en la zona de zapatos y venta por catálogo. Usualmente no comprábamos ahí pero se presentó la oportunidad y mi papá me llevó una tarde. Nuestra selección fueron unas botas cafés tipo Caterpillar, con punta de acero y reforzadas, totalmente toscas. Me dijo que estaban padres y a mí como que me gustaron. Me las compró, no fueron caras. Calles después, llegamos a casa - obviamente las estaba estrenando. Mi mamá veía la televisión y se las enseñé con felicidad. A ella no le gustaron, pero no me importó. Con el tiempo me di cuenta que realmente, sí eran feas pero las usé hasta que se rompieron. Me sentía Indiana Jones cada que me enlodaba con ellas.

Al mudarme a Puerto Vallarta pasé de ser un niño de diez años de ciudad a un costeñito “Pata Salada”. Bueno, no tan literal: mi calzado casual, sin contar los tenis para clase de deportes y los clásicos de la escuela, eran sandalias y huaraches. Con los años, esto se reflejó en otros cambios: una separación entre el primer y segundo dedo de cada pie, herencia que ahora, de nuevo en la ciudad, recuerdo con risas.

No sé por qué a pesar de que nunca he tenido ningún par de zapatos Oxford Ingleses hechos a la medida me llaman tanto la atención, ni por qué siento que esos Converse que tienen la suela gastada por el sol, el tiempo y mis pasos, son lo máximo. Tal vez influyen en mí esas historias de mi abuelita, narrándome cómo era su vida cuando ella y mi abuelito tenían su fábrica de calzado; o la voz de mi mamá contándome sobre su primer par de tacones, los que le hizo su papá para su cumpleaños catorce, y lo mucho que lloró el día que los rompió en una huida en la bicicleta.

He tenido los zapatos necesarios desde que tengo recuerdo. Y ahora cuando compro un par nuevo, lo escojo con cariño, pensando en las manos y el lugar donde fueron fabricados. Me gustan mucho los de suela de llanta, por ejemplo, que también tienen sus miles de historias; o las alpargatas españolas - en especial esa sensación de la soga-yute unido y reforzado y cómo con cada paso se va adaptando a la forma de la planta del pie.

Últimamente me ha dado por lo artesanal y creo que al igual que la gastronomía y la arquitectura, los zapatos, te ayudan a conocer mejor un pueblo, una ciudad, un país. Por eso sonrío y vuelvo a viajar al abrir mi clóset y ver mis huaraches de San Juan de Dios, mis alpargatas de las españolas viejitas que las tejen con tanto humor o no, o esos suecos que venden en las tiendas especializadas en jardinería en Holanda, tan comunes para ellos como botas de plástico negro.

Espero algún día dedicarme a la fabricación de calzado. Lograr transmitir que a pesar de toda la tecnología e innovaciones, debemos de cuidar la parte de nuestro cuerpo que nos carga y nos transporta día a día -aunque cada vez menos por nuestros nuevos hábitos. Y que sí, están bien esos tenis de cincuenta pesos vendidos en ciento veinte y comprados por la niña que quiere estar a la moda como las otras de su círculo o edad, que tal vez aguantan varias lavadas,. pero que con el paso de los años, sus pies reclamarán el no haberles dado una buena horma, comodidad y a la vez diseño - a cambio, una suela plana que para lo único que sirvió fue para dar ese toque “moderno” que buscaba. O los riesgos escondidos en esos tacones que le arruinaron la columna silenciosamente.

Sin tanto desviarme de la temática inicial, creo que queda bastante clara mi fijación hacia el calzado. Esto causa que por inercia ame sentarme y ver pasar a las personas caminando, mientras pienso cuál es la manera de mejorar y a la vez prevenir problemas en el futuro - claro, sin descuidar la estética, el precio y los buenos materiales.

Mientras escribo esto, después de un largo día de caminar, estoy sentado en mi escritorio descalzo y sonrío al darme cuenta cómo una insignificancia me hace tan Feliz.